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Por Bàrbara Bailén Pérez

Artículo escrito tras la visita de la autora a los campos de refugiados de Sabra y Chatila, como integrante de la delegación de la Associació Catalana per la Pau que en septiembre de 2018 se desplazó hasta el Líbano para asistir a los actos de conmemoración del 36 aniversario de la masacre ocurrida en 1982.

En el campo de refugiados de Bourj al-Barajneh, de 1 km2, viven hoy 40.000 personas (entre sirias, palestinas y otras nacionalidades). Es sólo uno de los doce campos existentes en el Líbano, la mayoría de los cuales fueron creados tras la Nakba (Catástrofe, en árabe), en 1948, cuando, a consecuencia de la creación de Israel, miles de palestinos y palestinas fueron obligados a dejar su país, sus tierras, sus casas, sus vidas.

A pesar de que estos campos son parte ya del paisaje urbano libanés, me sorprende descubrir que es una realidad ignorada incluso por personas que llevan viviendo en el país gran parte de su vida. Me preguntan sin gran interés, más bien por la cortesía propia de las conversaciones: “Pero actualmente ya no hay palestinos en los campos, ¿verdad? ¿Acaso sirios?”. Vivimos en burbujas que ni siquiera confluyen. Tras un año residiendo en el país de los cedros, yo misma me adentro por primera vez en esta realidad tan olvidada, en una parte de este Líbano que, sin duda, puede definirse por sus contrastes.

Sabra i XatilaAndar por las estrechas calles del campo de Chatila, con un cableado imposible y suelos irregulares, encharcados y cubiertos parcialmente de deshechos, me produce cierta sensación de angustia. Aunque son características de otras zonas de Beirut, como Bourj Hammoud o Dahieh, estos aspectos son más acentuados en los campos de refugiados que, a causa de la elevada demografía, en los últimos años se han extendido verticalmente.

Esto ha conllevado que muchas casas no gocen de buena ventilación ni de luz, ni siquiera durante el día, a causa de la falta de corriente eléctrica, un problema que afronta todo el Líbano -con sus cortes de electricidad diarios de tres horas o incluso más en las zonas más alejadas de la capital-, que se ve de nuevo agravado en los campos, lo que está provocando enfermedades y dolencias entre sus habitantes.

La sensación de agobio se ve incrementada al conocer la privación de libertad de movimiento que afecta a los palestinos (peor, obviamente, para aquellos que no disponen de documentación oficial), la prohibición a la propiedad privada y a ejercer ciertas profesiones o los checkpoints, que controlan las entradas a los campos y que ni siquiera permiten introducir ciertos productos o materiales necesarios para la vida cotidiana.

Si la situación en Palestina no es fácil y acceder al mercado laboral es cuando menos complicado a causa de la ocupación sionista, no deja de serlo menos en el país vecino, donde las tasas de analfabetismo son superiores a las de Cisjordania e incluso Gaza, debidas, entre otras razones, a la desesperanza por el elevado desempleo.

Y es que en el Líbano (donde los índices de desocupación son ya de por sí altos) existen leyes que prohíben a los refugiados palestinos ejercer hasta 70 profesiones, lo que les condena a la miseria de las callejuelas en las que malviven, con sus títulos universitarios cubiertos de polvo, sirviendo cafés -con suerte- o conduciendo un taxi -de manera ilegal, con todo lo que ello comporta-, con el fin de sacar adelante a sus familias. Y, aun así, los hay que logran salir adelante, gracias a una combinación de esfuerzo, espíritu luchador y suerte.

Recorriendo las callejuelas y agachándonos en ocasiones para evitar el cableado eléctrico -que es la causa cada año de la muerte de varias personas-, llegamos a la calle donde se encuentra el mercado del campo de Chatila. Me recuerda a Palestina: un souq tradicional, del que Beirut carece -destruido por la guerra civil y reconstruido en forma de centro comercial, albergando todas las firmas europeas a las que estamos habituados y habiendo conservado únicamente los nombres de las antiguas calles-.

Y entre todo el bullicio, los gritos y los movimientos, nos explican que es en esta calle donde los cuerpos sin vida fueron amontonándose tras la masacre. Y trato de aislarme de todo el ruido que me envuelve y, por doloroso que sea, intento imaginar lo que aquella barbarie fue.

Sabra i XatilaLlegamos a casa de Imm Hossein. Nos acoge ante la mirada curiosa de sus nietos, que escuchan medio escondidos, asomando sus cabecitas por el pasillo que da al salón. ¿Cuántas veces habrán escuchado su historia? ¿Cómo puede alguien tener la fortaleza de explicar y revivir con cada palabra lo ocurrido una y otra vez? Con su voz, envía al mundo el mismo mensaje que, como relata la doctora Ang Swee Chai (presente durante la masacre y que tuvimos la ocasión de conocer durante la conmemoración), quisieron dar los niños y niñas que sobrevivieron a aquel horror:

“Pronto me vi rodeada de un montón de niños. Niños sin hogar, sin padres, sin futuro. Pero eran los hijos de Sabra y los hijos de Chatila. Uno de ellos vio mi cámara de bolsillo, y quería una foto. Luego todos se quedaron juntos, pidiendo que les tomara fotos. Querían que mostrara su foto al mundo. A pesar de haber sido asesinados y sus campamentos demolidos, el mundo sabría que eran los hijos de Sabra y Chatila, y no tenían miedo. Mientras enfocaba mi cámara, todos levantaron sus manos e hicieron el signo de la victoria, justo en frente de sus casas destruidas, donde tantos habían sido exterminados. Queridos pequeños amigos, me enseñasteis en qué consisten el coraje y la lucha”.

Contar para no olvidar, alzar la voz para sobrevivir. Imm Hossein nos relata, mientras una de sus nietas ha ido a comprar refrescos que beberemos tras escuchar la historia de su abuela con un nudo en la garganta, que la noche del jueves 16 de septiembre de 1982, a las siete de la tarde, escucharon disparos y corrieron a buscar refugio. Siendo ella libanesa cristiana, al ver a los soldados de las Falanges Libanesas, les preguntó: “¿Venís a protegernos?”.

Se llevaron a los hombres de su familia (entre ellos, a su marido y a su hijo) y no fue hasta las diez de la mañana siguiente, cuando salió a la calle, que descubrió sus cuerpos, asesinados, junto a tantas otras vidas arrebatadas. Ejecuciones, violaciones, torturas y mutilaciones. Durante 48 horas. Entre 2.000 y 3.000 personas de todas las edades y sexos fueron asesinadas por las Falanges Libanesas coordinadas con las Fuerzas de Defensa de Israel.

No todos pudieron encontrar los cuerpos de sus seres queridos. Hoy, algunos de ellos, reposan, todavía sin identificar, bajo la tierra color teja del espacio dedicado al recuerdo de la masacre de Sabra y Chatila. Un memorial y una gran fosa común.

El campo de Nahr el Bared, en el norte del país, a 16 km de Trípoli, fundado tras el éxodo palestino en 1949 por la Cruz Roja, encierra también recuerdos dolorosos más recientes. En mayo de 2007, un conflicto entre grupos armados y el ejército libanés terminó con una ofensiva militar por parte de este último que destruyó gran parte del campo. Los bombardeos obligaron a los refugiados a huir a otros campos. Lo perdieron todo.

Sus calles, con edificios todavía en reconstrucción, recogen en forma de graffiti reivindicativo algunos de los hechos que marcaron la actualidad de 2017: “Jerusalén es la capital de Palestina”, puede leerse en los colores de su bandera. Nos explica uno de los representantes del campo que de los cinco derechos que solicitaron, entre los que figuran reconocimiento formal, disculpas públicas o atención psicológica, no se les ha concedido ninguno.

De hecho, a día de hoy, se dispone de un único centro médico para 17.000 personas y, para cada 1.200 pacientes al mes, de dos médicos y tres enfermeras. Las escuelas tienen 50 estudiantes por clase. Pero por impactantes que sean estas cifras, mientras escucho las palabras llenas de indignación de sus habitantes, no puedo dejar de pensar en los contenedores metálicos, supuestamente temporales, transformados en viviendas que hemos visitado fugazmente minutos antes.

Cuando visitamos el campo de Bourj el-Shemali, en Tiro, en el que viven unas 20.000 personas, una idea que ha ido surgiendo a lo largo del viaje entre algunos de los palestinos y las palestinas que hemos conocido se repite: la intención es ahogarlos, asfixiarlos, cansarlos hasta tal punto que al final decidan abandonar y marcharse, emigrar, olvidar. Pero en este campo tienen también otras ideas: además de varios proyectos sanitarios y educativos, en la actualidad, están muy focalizados en la música, pues desean enviar al mundo un mensaje de amor y paz, nos cuenta el director de la orquestra compuesta por un gran número de estudiantes.

Y es con esta esperanza con la que me gustaría poder abrazar a J. y S. -dos palestinos nacidos en el exilio que han formado parte del Comité Not to Forget de este septiembre de 2018-, cuando miran incansables la tierra de Palestina por encima del muro de la Puerta de Fátima, desde donde se pueden observar los asentamientos de los colonos israelíes.

Son mis compañeras de la Associació Catalana per la Pau, Anna y Txell, las que me hacen remarcar cómo apoyados y enmarcados por los grandes ventanales del restaurante que se alza próximo al muro -como si alguien los hubiese dispuesto precisamente en esta posición para tomarles una fotografía- otean, ajenos al resto e inmersos profundamente en sus pensamientos, el territorio que se atisba de su Palestina.

Sabra i Xatila

(créditos fotografías: Anna Flo y Txell Fortuny)